Asignar a cada píxel un peso por pertenencia a patrón, medido con filtros orientados o respuesta a simetrías, evita que juntas y fisuras sobrerrepresenten grises inesperados. La elección de k se guía por codos perceptivos y validación cruzada en LAB. Iterar con seeds múltiples y consolidar centros por mediana robusta aporta estabilidad. Un posprocesado que redistribuya pequeñas islas a su vecino más cercano por delta E pule bordes sin borrar acentos auténticos que merecen un lugar en la paleta.
Las mezclas gaussianas modelan clústeres elongados, frecuentes cuando un esmalte transita de sombra a brillo. Penalizar complejidad con BIC o ICL evita sobreajuste y reduce colores redundantes. Colocar restricciones en covarianzas mantiene plausibilidad y previene componentes degenerados. Cuando dos gaussianas describen un mismo tono con distinta iluminación, fusionarlas por cercanía en L y similitud angular en a–b conserva unidad. El resultado suele ser una paleta más concisa que no sacrifica la riqueza cerámica original.
En superficies con fisuras y pérdidas, segmentar primero en superpíxeles compactos agrega contexto espacial. Calcular medias en LAB por región y agrupar con DBSCAN identifica núcleos cromáticos sin predefinir cantidad. Su tolerancia al ruido preserva dominantes sin perseguir cada mancha. Incorporar una distancia que combine color y contigüidad espacial evita mezclar teselas separadas. Este enfoque brilla en claustros envejecidos donde la pátina compite con el pigmento, logrando paletas veraces que honran el paso del tiempo.